Nos colocamos de nuevo el sombrero de gánster y la gabardina beige para continuar con la segunda parte del monográfico en dos volúmenes dedicado a Jean-Pierre Melville, el genio del Polar francés.

Jean-Pierre Melville llenó las pantallas de humo. Contó sus historias a través de la neblina de los cigarrillos que fumaban de forma compulsiva sus personajes; esos tipos duros con pistola y una larga lista de malas decisiones sobre sus hombros. Las contó excepcionalmente bien, con toda la riqueza, sensibilidad artística y conocimiento técnico que le proporcionaron haber absorbido horas y horas de cine como espectador desde su infancia. Hizo de su pasión su profesión y he aquí su legado: una filmografía de culto con catorce largometrajes que componen uno de los universos fílmicos más ricos del cine europeo.

A esta filmografía la precede el corto 24 horas en la vida de un payaso (24 heures de la vie d’un clown, 1946) que mencionábamos en la primera parte de este monográfico. El resultado sentimentaloide de este preludio fallido disgustó tanto al director que se prometió a sí mismo un cambio de rumbo total en su futura obra. Desde entonces buscaba obsesivamente la perfección técnica, narrativa y artística en cada plano, en cada secuencia.

El director Jean-Pierre Melville con su cámara de cine

Yo me narro a mí mismo a través de mis películas. Hacer un film es ser todos los personajes a la vez. Jean-Pierre Melville

Lo consiguió sobre todo en El silencio de un hombre y en El ejército de las sombras, ambas películas consecutivas que desarrolló en un periodo de dos años. Suponen los títulos de mayor repercusión y los que mejor representan las dos grandes temáticas que exploró Melville: la resistencia francesa durante la ocupación nazi y la explosión del cine Polar.

Primer periodo: crónica de una invasión

Cuando su apellido aún era Grumbach y formaba parte de la Resistencia Francesa, Jean-Pierre se topó cara a cara con la miseria humana y con la muerte, naturalezas que hasta entonces, como buen cinéfilo, sólo conoció a través de la pantalla. Luchar por la liberación de su país ante la invasión nazi fue un hecho que le marcó para siempre y que quedó patente en la primera etapa de su carrera, en la que exploró el drama moral con la Segunda Guerra Mundial como decorado de fondo.

El silencio del mar (Le silence de la mer, 1949)

La singular ópera prima con tintes antibelicistas de Jean-Pierre Melville dejó clara la enorme personalidad del cineasta, que se iría perfilando con el paso del tiempo. Adaptó con éxito la novela El silencio del mar de Vércors, toda una osadía para un debutante. No era un texto fácil de llevar a la pantalla pues estaba plagado de silencios y, a su vez, de extensos monólogos; aspectos del todo anticinematográficos. Pero si algo dominó el director en sus películas fue, precisamente, el silencio.

La acción transcurre en una pequeña localidad francesa donde residen un anciano y su sobrina a quienes se les impone alojar involuntariamente a un oficial alemán en su casa. Al no poder negarse se defienden con un silencio hostil ignorando por completo al incómodo inquilino. Este, lejos de sentirse ofendido, desarrolla extensos monólogos diarios durante todo un mes mostrando todo su poder a través de las palabras.

Una escena de El silencio del mar, película del director Jean-Pierre Melville

Con esta cinta, su intención era desarrollar un lenguaje constituido de imágenes y sonidos en el que el movimiento y la acción estuvieran totalmente desterrados. Con ellos, Melville traspasó los códigos tradicionales del cine francés marcando un antes y un después.

Los tres personajes protagonizaban la totalidad de la película. Fueron interpretados por un imponente Howard Vernon, actor al quien el director consideraba indispensable para el papel y con el que desarrolló una longeva amistad; y los desconocidos pero sorprendentes Jean-Marie Robain y Nicole Stéphane –tío y sobrina respectivamente– que realizaron un trabajo impecable.

Los niños terribles (Les enfants terribles, 1950)

Melville compró los derechos de la obra homónima escrita por Jean Cocteau tan sólo un día antes de iniciar el rodaje de Los niños terribles. De nuevo la adaptación de un texto literario; una novela cuya lectura sedujo a un Jean-Pierre adolescente allá por 1930 y que jamás pudo sacarse de la cabeza. Sin embargo, el escritor y el director, que comparten la autoría del guión, no se llevaron especialmente bien durante el rodaje y vivieron una tormentosa relación de amor y odio que los desesperaba continuamente.

Escena de la película Los niños terribles de Jean-Pierre Melville

Los niños terribles a los que se alude en el título son los hermanos Lise (de nuevo una maravillosa Nicole Stéphane) y Paul (Edouard Dermithe). Ambos adolescentes crean un universo privado de peleas y juegos en la caótica habitación que comparten y que alimentan una malsana obsesión mutua que roza, tímidamente, lo erótico, lo que propició una avalancha de malas críticas en la época. El mundo exterior irrumpe en sus vidas cuando dos amigos de los chicos, Gerard y Agathe, van a vivir con ellos y desatan los celos y la maldad de Lise.

Con su segundo largometraje, Melville siguió buscando nuevos recursos narrativos con los que presentar sus historias. Lo onírico y lo surrealista están presentes en planos que a menudo resultan trágicamente hermosos a lo largo de la cinta.

Cuando leas esta carta (Quand tu liras cette lettre, 1953)

La tercera película del cineasta francés –que no se llegó a estrenar en España– significó el acercamiento a un género muy alejado del que lo consolidaría como maestro del Polar: el melodrama. Dejando de momento las adaptaciones cinematográficas de las novelas, optó por adaptar un guión cargado de intensidad emocional y de connotaciones religiosas firmado por el dramaturgo Jacques Deval.

Para darle forma a esta historia maniquea contó con la mirada de la actriz Juliette Greco en el papel de Thérèse, quien cargó con todo el peso del filme, y con Irène Galter en el de Denise. Ambas hermanas son totalmente opuestas, el bien y el mal, lo sacro y lo maldito; y el director lo deja patente en e tratamiento de los planos que dedica a cada una. Luminosos para una, oscuros y casi grotescos para la otra.

Escena de la película Cuando leas esta carta, de J.P. Melville

Las dos protagonistas conforman un triangulo sentimental con el arrogante Max, interpretado por Philippe Lemaire. En este intenso drama, Melville ya nos deja intuir ciertas trazas de thriller y de noir como adelanto a la deriva que iba a adoptar su carrera en futuras películas.

Bob el jugador (Bob le flambeur, 1956)

«Esta es, como la cuentan en Montmartre, la curiosa historia de…»

A pesar de que la cuarta película del realizador fue bastante ignorada por público y crítica durante años, hoy se considera como el germen del cine Polar; el nacimiento del género (lo que la acerca más a la temática que exploró en el segundo periodo de su producción fílmica). Se trata, en palabras del propio director, de una “carta de amor a París”, concretamente al barrio de Montmartre. Melville rodó en las localizaciones reales en plena calle adelantándose así a la Nueva Ola, sentando un precedente.

Es en este filme en el que por fin sale a la luz la vida del hampa, de las criaturas urbanas nocturnas que se hacinan en clubs y se refugian en las sombras y en el humo del tabaco. El apuesto Roger Duchesne interpreta a Robert Montagné, conocido por casi todos como Bob, el tipo duro de origen humilde; de rostro infranqueable que se ha ganado el respeto de todos. Y, como no podía ser de otra manera, Bob pretende dar el golpe de su vida: quiere los 800 millones que contiene la caja fuerte del Casino de Deauville.

Plano general de un casino de la película Bob el jugador

El universo de Bob el jugador está ocupado eminentemente por hombres e incide en la amistad entre ellos. De hecho este se convirtió en un aspecto característico de la producción de Melville, cuyo interés por lo masculino es inversamente proporcional a su desinterés por lo femenino.

Dos hombres en Manhattan (Deux hommes dans Manhattan, 1959)

El director francés había coqueteado con el noir en su anterior película y lo había disfrutado mucho. Decidió entonces homenajear el cine de gánsteres americano de los 40 que tanto le fascinaba, por lo que ambientó su sexta película en la ciudad de Nueva York.

En esta ocasión los protagonistas no serían policías ni delincuentes, sino un periodista y un fotógrafo que investigaban la inexplicable desaparición de un delegado francés en la ONU y que fueron interpretados por –oh lá lá!– el propio Jean-Pierre Melville y Pierre Delmas respectivamente.

Melville en una escena de Dos hombres en Manhattan

A pesar del atractivo argumento a lo Hitchcock, el estreno de Dos hombres en Manhattan resultó un estrepitoso fracaso. Apenas tuvo público y recibió comentarios muy negativos, lo que hizo mella en el orgullo del genial director. Sin embargo, le sirvió para redirigir sus objetivos y sobre todo sacar dos conclusiones importantes: la primera, que los personajes paseaban demasiado en la película, lo que no agiliza la narración precisamente. La segunda, que bien le hubiese valido contar con una súper estrella en el reparto para obtener una atención mayor. Y eso es lo que haría en adelante: rodearse del star-system francés de la época.

Léon Morin, sacerdote (Léon Morin, prêtre, 1961)

Esta fue la película que hizo que Melville recuperase su autoestima. Significó la vuelta al melodrama y la vuelta a la adaptación literaria, en esta ocasión de novela de la prestigiosa ganadora del Premio Goncourt en 1952 Beatrix Beck. Con esta cinta retrocedemos en el tiempo y volvemos a la época de la Segunda Guerra Mundial. Pero en esta ocasión lo hacemos acompañados de dos estrellas como Emmanuelle Riva y Jean-Paul Belmondo, que además de ofrecer un trabajo excepcional, le darían cierto caché al cinta.

Es la historia de Barny (Riva), un atractiva viuda que trabaja como secretaria de dirección de una chica llamada Sabine Lévy (Nicole Mirel) y que quedará fascinada por la elegancia y la presencia de su joven jefa hasta el punto de convertirlo en una obsesión con tintes sexuales y románticos, todo un atrevimiento en la recién estrenada época de los 60. Para aliviar su conducta de alguna manera, decide entrar en una Iglesia, donde conoce al sacerdote Léon Morin (Belmondo). Ambos comienzan una relación que se basa en el estímulo intelectual y en la filosofía donde la espiritualidad –y la ausencia de ella– es protagonista.

Emmanuel Riva y Jean-Paul Belmondo en una escena de Léon Morin, sacerdote

Barny es el personaje femenino más importante y al que más ha cuidado el director. La dota de trascendencia y profundidad interior como no lo hace con ninguna otra mujer en su filmografía.

Segundo periodo: tipos malos y asuntos sucios

El héroe de mis films noirs siempre es un héroe armado. Siempre lleva una pistola. Es un hombre armado, y ya casi es un soldado, lleva un uniforme.Jean-Pierre Melvile

Justo en el meridiano de su carrera tiene lugar la explosión de cine noir que consagra a Melville como el Maestro del cine Polar, aquella derivación francesa del cine de gánsteres americano. Es sin duda donde el cineasta se siente más cómodo y donde explora esa visión de samurái que dotará a sus películas de la técnica y la forma perfectas y que situará al director galo en la atalaya donde descansan los mejores directores de la historia del cine.

El confidente (Le doulos, 1962)

El profundo amor y respeto que sentía el joven Jean-Pierre por la literatura universal se materializó con el tiempo en sus películas. De nuevo, el director adaptó la novela negra del escritor francés Pierre Lesou, de quien era un gran admirador. Para ello volvió a contar entre el reparto con Belmondo, su particular “as en la manga”.

 

Maurice (Serge Reggiani) y Silien (Belmondo) son los protagonistas, “dos hombres en París”. El primero, es un ladrón y ex-convicto que planea dar otro golpe; el segundo, un informante de la policía. El robo, por supuesto, sale mal y el destino ambos se cruza cuando se ven involucrados en dos crímenes.

Polar puro. Es en El confidente donde Melville encontrará las pautas y las características que definirán su cine desde ese momento, el ejemplo perfecto para entender este subgénero. La realización del filme rozó la perfección, por lo que le sirvió de patrón para las siguientes cintas.

El guardaespaldas (L’aîné des Ferchaux, 1963)

De nuevo una adaptación literaria. La obra del belga George Simenon se revela como punto de partida para una obra totalmente melviliana. El guardaespaldas fue una obra desconocida dentro de la filmografía del director, casi incómoda; casi menor. De hecho, recopiló más críticas negativas que positivas.

Belmondo en una escena de EL guardaespaldas

En su octava película, Melville decide que es hora de volver a su adorada América. De nuevo aparece Belmondo, dando vida en esta ocasión a Michel Maudet, a quien conocemos durante su último día como boxeador. Lo encontramos derrotado, tirando la toalla tras un combate que vemos bajo la presentación de los títulos de crédito del filme. En su peor momento y condenado a mal vivir, aparece el banquero Dieudonné Ferchaux, interpretado por el otoñal Charles Vanel, y le ofrece trabajar para él como guardaespaldas en EE.UU. El joven terminará traicionando a su protector y arrepintiéndose después.

En esta cinta y por primera vez en toda su trayectoria, se intuye un matiz de interés homosexual entre los personajes masculinos que la protagonizan, lo que provoco no pocas teorías sobre la relación del propio Melville con el actor Alain Delon, quien protagonizaría varios de los siguientes largometrajes del director.

Hasta el último aliento (Le deuxième soufflé, 1966)

Gustave Minda, “Gu”, interpretado por el gran Lino Ventura, consigue evadirse de la prisión en la que se encontraba encerrado y huye a París para reunirse con sus socios. Pronto se verá envuelto en una guerra entre bandas rivales. Para abandonar el país Gu necesita dar un último golpe y conseguir la pasta –siempre es la pasta–, aunque en su camino se interpone el Comisario Blot, a quien da vida Paul Meurisse, y ya nada le saldrá a Gu como tenía diseñado en su plan.

la silueta de 4 hombres en una escena de Hasta el último aliento, de Jean Pierre Melville

Se trata la película con más escenas de acción de toda la producción melviliana, y al mismo tiempo, se trata de una de las más complejas a nivel narrativo. También es la que tiene un metraje más largo y en la que casi no aparecen personajes secundarios, pues todos ellos son cruciales en la trama sin más alternativa que matar o morir.

El silencio de un hombre (Le samouraï, 1967)

«No hay soledad más profunda que la del samurái salvo la de un tigre en la selva… tal vez».Frase atribuida al Bushido, o libro de los samuráis, pero que realmente fue inventada por Melville.

Y llegamos, por fin, a la cúspide. A la quintaesencia melviliana. Si una película ha servido como emblema del director francés, sin duda ha sido El silencio de un hombre. La cinta abre con la falsa cita sobreimpresionada en un bellísimo plano fijo donde vemos a un hombre tumbado en la cama, fumando, sin más sonido que el de los coches en la calle y le silbido de un pajarillo dentro de una jaula. El hombre es Jef Costelo, interpretado por un enorme Alain Delon, y vive encerrado en sí mismo, envuelto en una atmósfera silenciosa y con una actitud lacónica. Sólo se relaciona con los clientes que le encargan “trabajos” que Costelo, como buen asesino freelance, ejecuta sin errar. Aunque no tarda mucho en levantar sospechas y ser perseguido infatigablemente por el Comisario de Policía, a quien pone cara el actor François Périer.

Alain Delon apaga un cigarrillo en una escena de Le samurai

Estamos ante un trabajo de cuidados detalles enmarcados con precisión. Encontramos al tipo duro que se acicala ante el espejo y se ajusta el sombrero como en un ritual; la figura arquetípica del gánster fusionada con la figura legendaria del samurái. Esta película es una radiografía de toda la esencia del cine de Melville, y es la única unánimemente admirada por la crítica, público, estudiosos y cinéfilos, por tanto; es la obra que más ha favorecido al cineasta internacionalmente.

El ejército de las sombras (L’armée des ombres, 1969)

He mostrado por primera vez cosas que no he visto, que he vivido. Claro está que mi verdad es, entiéndase bien, subjetiva y no corresponde claramente a la vida real.Jean-Pierre Melville

“Malos recuerdos, pero bienvenidos… sois mi juventud lejana”. Esta película supone el cierre definitivo de su etapa de exploración de la Resistencia Francesa. Se trata de una de las obras más consagradas del autor no solo por su calidad técnica y artística, si no, además, por su carácter pedagógico. Es sin duda una de las películas que mejor aguanta el paso del tiempo y se considera un referente de la memoria histórica del país vecino. La repercusión que ha obtenido la cinta a lo largo del tiempo es realmente asombrosa.

El filme lo protagoniza Philippe Gerbier (Lino Ventura), ingeniero del Departamento de Obras Públicas que colabora con la valerosa Resistencia. Un día la policía colaboracionista le captura y lo retienen en un campo de concentración donde la vigilancia es constante. Sin embargo, un comunista con quien comparte desdicha le propone un plan de fuga. Durante un traslado consigue escapar y desde ese momento seguimos a través de sus ojos el día a día de la Resistencia y su lucha contra la ocupación alemana.

 

Escena de la película El ejército de las sombras, de JP Melville

Como en todas sus películas, el peso de los actores es fundamental –Jean-Pierre Melville sabía lo que se hacía elaborando los castings–. En El ejército de las sombras destaca el trabajo de Lino Ventura, quien llevó a cabo una de las mejores actuaciones de su carrera. En la que fuera segunda y última colaboración con el director, el papel parecía estar hecho a su medida. Pero no fue la única estrella que brilló. La excelente actriz Simone Signoret dio vida a un personaje fascinante cuya mirada tenía un lenguaje propio que el espectador descifraba de manera natural y sin esfuerzo.

Círculo rojo (Le cercle rouge, 1970)

“Cuando dos hombres, incluso si lo ignoran, están destinados a encontrarse un día, cualquier cosa puede pasarles y pueden seguir caminos divergentes, pero cuando llegue el día, inevitablemente serán reunidos en el círculo rojo”. Esta película nace bajo la premisa de esta cita budista surgida de los versos del religioso indio Ramakrishna. La cita, como ya ocurrió en El silencio del un hombre, aparece durante los títulos de crédito iniciales marcando el destino ineludible que espera a los protagonistas del filme.

Bajo una narración casi onírica conocemos a los tres personajes que habrán de encontrarse fatídicamente dentro del círculo: Vogel (Gian Maria Volonté), Mattei (André Bourvil) y Corey (Alain Delon). Dos ladrones, un policía y una persecución en espiral hacen de esta cinta un espectáculo perfecto, una envolvente intriga policial en la que la dirección de los actores demuestra el rigor con el que Melville desempeñaba su trabajo.

Crónica negra (Un flic, 1972)

Esta película, considerada obra menor por la crítica, cierra la filmografía del genio francés. Destaca, por supuesto, por ser auténtico Polar, cine policíaco de intriga frío y seco; pero sobre todo, destaca por ser una idea que surge íntegramente del intelecto del director. Cero adaptaciones, cero colaboraciones en la creación del guión.

Se trata de una historia clásica de policías y ladrones que cuenta el robo a un banco. Volvió a contar con la fría mirada de Alain Delon, pero esta vez, como policía, no como criminal; demostró que su registro como actor era amplio. Catherine Denueve y Richard Crenna acompañan a Delon y terminan de perfilar la atmósfera hostil del filme. Una voz en off, como ya ocurriese en anteriores películas, hace de hilo conductor de una trepidante investigación que enfrenta a dos viejos amigos, cada uno a un lado de la ley.

Un hombre armado sale de un coche, escena de Crónica negra

En Crónica negra vuelven a aparecer confidentes y chantajes que salpican al cuerpo de policía, y es que en las películas de Melville ni los buenos son tan buenos, ni los malos son tan malos. Esta manera de humanizar a los personajes y de dotarles de profundidad psicológica y dualidad es lo convierte a esta cinta en un deleite para el espectador.

Melville inmortal

Jean-Pierre murió el 2 de agosto de 1973, cuando contaba sólo con 55 años. Estaba preparando la adaptación de una novela de André Mairaux que jamás llegó a terminar. Es inevitable preguntarse cómo habría evolucionado la carrera de un director brillante que contaba con una experiencia vital y profesional tan dilatada, sobre todo a las puertas de una década que abría numerosas posibilidades en cuanto a técnica para innovar en el cine.

Nos dejó una obra hermética pero apasionante de la que han bebido numerosos directores actuales, lo que demuestra la magnitud de su trabajo. Dejó claro que se podía hacer cine de otra manera y que podía hacerse partiendo con muy pocos recursos. Pero lo que realmente diferencia a Melville de otros realizadores es el haber moldeado un subgénero y haberse convertido en su máxima representación.

Afortunadamente, su obra lo ha convertido en una figura inmortal; podemos revisitarla tantas veces como queramos y, sí, seguro que cada vez que lo hagamos nos resultará fresco y estimulante. Qué alivio pensar que sus silencios y sus sombras son ya nuestros para siempre.

El director JEan Pierre Melville, con sus clásicas gafas oscuras y sombrero

 

Para la redacción de este artículo y del que lo precede se ha consultado la siguiente bibliografía que recomendamos para profundizar en el universo melviliano:

  • Jean-Pierre Melville. Sombras y silencios. Albert Galera, Editorial Rosetta.
  • Jean-Pierre Melville. Crónica de un Samurái. José Francisco Montero, Shangrila ediciones.