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Cuando caminar no es sólo caminar: añadimos a nuestro diccionario la figura del flâneur, que hizo del pasear una forma de vida y de la ciudad, un hogar que habitar.

El término flâneur se acuñó en el contexto de la incipiente sociedad moderna a la que dio lugar la industrialización en el París del siglo XIX. El poeta Charles Baudelaire lo menciona por primera vez en su libro Las flores del mal (Fleurs du mal, 1857) y con él describe a un personaje que camina sin rumbo por las ciudades sin ningún objetivo salvo el propio hecho de caminar. Sin embargo, pensar en él como un sencillo paseante es simplificar en exceso el concepto.

Mucho más que salir a dar un paseo

La flânerie era una actitud vital; una manera diferente de relacionarse con la realidad y con el mundo. Consistía en moverse por las calles de forma despierta, explorando conscientemente cada rincón de la ciudad hasta sentirla como un ente vivo. El flâneur observaba a la gente casi con espíritu de antropólogo; se fijaba en el movimiento y en los ritmos que imponía la multitud y encontraba estimulante apreciar hasta detalles irrelevantes como la forma que tenía la luz en reflejarse en las ventanas de los edificios.

Hay algo de fantasmagoría en esta manera de existir. Imaginad al flâneur, que vagabundea sin rumbo por los laberintos de las calles más antiguas; que encuentra en la multitud su propia naturaleza, pero no interactúa con nadie, no se implica, sólo contempla. Es un mero observador que pasa inadvertido y encuentra en ello una independencia incomparable: se siente libre en su deambular y en su anonimato. Es de esta manera, renunciando a la propia individualidad, como la ciudad se convierte en la verdadera protagonista.

Hombre cruzando una calle estrecha y observando la ciudad

Los artistas y la flânerie

No sólo Baudelaire profundizó en ello desde su obra. Edgar Alan Poe lo hizo antes que él en su cuento “El hombre de la multitud” y, después de él, el filósofo Walter Benjamin reflexionaba sobre la figura del flâneur dándole otra perspectiva: como medio para boicotear al capitalismo al pasear sin objetivo, sin consumir, sin ser mercancía.

Por otra parte, muchos otros artistas de diferentes disciplinas practicaban la flânerie. Samuel Beckett, por ejemplo, vagabundeaba por las calles con su buen amigo, el escultor Alberto Giacometti. Marcel Duchamp iba paseando por Broadway totalmente absorbido por la ciudad momentos antes de adquirir el urinario que convertiría en –discutida– obra de arte y que firmaría bajo el seudónimo de R. Mutt. Más recientemente, músicos como Lou Reed o Nick Cave dedicaron canciones a estos paseantes urbanos y amantes de las grandes urbes.

¿Quedan flâneurs en el siglo XXI?

El escritor argentino Edgardo Scott, en su libro Caminantes (Godot, 2019), afirma que no se camina y que, cuando se hace, se camina sin ver, sin abandonarse al paseo. Los horarios ajustados, la responsabilidad de las rutinas y las pantallas a las que dedicamos gran parte del día, hacen que el concepto de pasear de manera contemplativa nos resulte ajeno. Ya no salimos nunca de casa sin el teléfono móvil o sin unos auriculares que nos amenicen el paso. Si observamos algo que nos llame la atención durante un paseo sentimos la necesidad de inmortalizar el momento y compartirlo en redes sociales, ¿será esta una nueva manera de relacionarse con la ciudad?

Os proponemos la flânerie como experimento: salir de casa sin un objetivo concreto, sin prisa, sin móvil, a solas. Dispuestos a aprender de todo lo que nos envuelve en las calles. Quizá ahora nos falte la rabiosa curiosidad del flâneur, pero puede que con insistencia podamos adquirirla al llenar nuestras retinas con algo nuevo en nuestra conocida ciudad de siempre. Vale la pena intentarlo.