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Se cumple el centenario de Georges Brassens, el cantautor francés que retrató al siglo XX como nadie

Se han escrito tesis doctorales sobre la obra de Georges Brassens. Su trabajo ha sido traducido a una veintena de idiomas, incluyendo el esperanto. Músicos y artistas de todo el mundo lo homenajean constantemente.

Ciento cincuenta escuelas públicas de Francia llevan su nombre, además de centenares de calles, plazas, parques y salas de concierto. ¿Quién era Georges Brassens? Y, ¿por qué le debemos atención?

Georges Brassens: origen mediterráneo

En el pueblo occitano de Sète, mirando al mar Mediterráneo, nació en 1921 Georges Brassens, quien, varias décadas más tarde, será descrito como uno de los mejores poetas del siglo XX en lengua francesa.

Brassens nació en un barrio popular en el seno de una familia atípica. Su padre, Jean-Louis, era un contratista de albañilería conocido por su anticlericalismo, su generosidad y su libertad de espíritu y pensamiento.

La madre, Elvira, de origen italiano, era una devota católica que quedó viuda en la Gran Guerra, cinco años antes de re-casarse con el padre de Georges. Según contaría después el cantautor, el punto en común de esta familia tan dispar era el amor por la música.

Cualquiera que haya escuchado las canciones de Brassens no se extrañará al saber que no le gustaba ser alumno. «Tuve una infancia feliz, pero desperdiciada por el colegio», dijo a su amigo y biógrafo Victor Laville.

Su madre no le deja asistir a clases de música a no ser que mejoren sus notas, por lo que sus primeras canciones adolescentes fueron compuestas con ignorancia técnica y pura intuición poética.

Pour offrir aux filles des fleurs,
Sans vergogne,
Nous nous fîmes un peu voleurs,
Un peu voleurs

Poesía y mala reputación

En 1936, el joven Georges conoció la poesía gracias a su profesor de francés, Alphonse Bonnafé, quien le enseñó no solo a rimar versos sino a «abrirse a las cosas grandes».

Y en 1938, a los diecisiete años, Brassens conoció por primera vez la mala reputación.

En una jugarreta de chiquillos provincianos, Georges y su grupo de amigos se coordinaron para realizar pequeños hurtos en casas de amigos y familiares y así conseguir algo de dinero rápido. El pueblo de Sète se puso en estado de alerta, y al final, claro, los pillaron.

El padre de Georges, que parecía entender las inconsciencias de juventud, sacó a su hijo del calabozo y se lo llevó a casa sin reprimendas ni reproches. En la canción Les quatre bacheliers, Brassens describe así aquel momento:

Dans le silence on l’entendit, / Sans vergogne, / Qui lui disait : » Bonjour, petit, / Bonjour petit.
On le vit, on le croirait pas, / Sans vergogne, / Lui tendre sa blague à tabac, / Blague à tabac.
Je ne sais pas s’il eut raison, / Sans vergogne, / D’agir d’une telle façon, / Telle façon.
Mais je sais qu’un enfant perdu, / Sans vergogne, / A de la corde de pendu, / De pendu, / A de la chance quand il a, / Sans vergogne, / Un père de ce tonneau-là, / Ce tonneau-là.

París, los nazis y un piano

A pesar del apoyo de su familia, el nombre de Georges quedó teñido en Sète. Recluido en la casa familiar, durante aquel verano empezó a fumar en pipa y se dejó crecer por primera vez su distintivo bigote.

Y en 1940, ya bien entrada la Segunda Guerra Mundial, se mudó al 14ème arrondisement de París, donde vivía su tía materna, que tenía un piano. Allí aprendió el instrumento, a pesar de que no sabía solfeo porque nunca mejoró sus notas de colegio.

Ese mismo verano, el Tercer Reich invadió Francia. Georges pasó la primera parte de la ocupación leyendo en la biblioteca municipal: estudiando poesía y aprendiendo filosofía mientras los nazis se paseaban por las calles de París.

En 1943, el gobierno de Vichy lo destinó a un campo de trabajo en Basdorf, Alemania, donde tenía que trabajar fabricando motores para aviones militares. En el campo de Basdorf hizo algunas de las grandes amistades que le durarían toda la vida.

Tras más de un año en Alemania, consiguió un permiso de quince días para volver a Francia, y llegó a París con la intención de declinar cortésmente la invitación nazi al trabajo forzado. Como no podía quedarse en casa de su tía, por ser el primer sitio en el que la Gestapo iría a buscarlo, se refugió en casa de los Planche, un matrimonio mayor del barrio que vivía en una modesta casita sin luz eléctrica ni gas, con el patio lleno de animales.

La idea era aguardar en la casita de la calle Florimond hasta que acabase la guerra. Terminó quedándose más de veinte años.

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Georges Brassens: el genio temprano, el talento tardío

A pesar de que ya es un escritor versado, de que ha publicado su primera novela y de que ha estudiado y producido poesía hasta la extenuación, en los años 40 Brassens todavía no es cantautor.

En esta década conoció a Joha Heinman, el amor de su vida: una inmigrante estonia con la que nunca se casó ni cohabitó, y a la que dedicó numerosas canciones posteriores, entre ellas, la célebre La non demande en mariage: tengo el honor de no pedir tu mano; no grabemos nuestros nombres en un pergamino.

J’ai l’honneur de ne pas te demander ta main
Ne gravons pas nos noms au bas d’un parchemin

En esta década terminó de conformar su pensamiento político, que ya venía inclinado hacia el antimilitarismo y anticlericalismo de casa. Entró en contacto con los anarquistas y los sindicatos de trabajadores, con quienes nunca dejaría de colaborar durante el resto de su vida.

A finales de los años 40 Brassens ya escribía canciones, pero no se animaba a cantarlas. Intentó colocárselas a otros intérpretes ya consagrados, sin demasiado éxito. Y así entro en los 50.

«¡Un poeta descubierto!»

En la década de 1950, Brassens fue descubierto. Jacques Grello lo escuchó por casualidad y le regaló su guitarra para que la cambiase por el piano. También lo animó a que audicionase en diferentes cabarets y salas de la escena parisina.

Brassens, que ya había entrado en la cuarentena, estaba incómodo en el escenario. Tenía pánico escénico, sudaba la gota gorda y le costaba sacar la voz. Aún así, en 1952 cantó en una audición privada para Patachou, estrella consumada del cabaret francés que se enamoró de sus letras con feliz entusiasmo.

Patachou llevó las canciones de Brassens a la firma Philips, con quien Georges firmó su primer contrato discográfico. Su primer disco causó no pocas controversias y malestares entre los directivos de Philips, para gusto de Brassens, que nunca tuvo intención de agradar a nadie más que a su buena conciencia. Su primera crítica, publicada en el desaparecido diario France-Soir, rezaba: ¡Patachou ha descubierto a un poeta!

Para 1953 se lo rifaban todos los cabarets de París, y a principios de los años 60 ya gozaba de la notoriedad con la que le conocemos hoy en día. Brassens compró a los Planche la casita de la calle Florimond. Compró también la parcela de al lado, y unió las dos viviendas. Instaló luz eléctrica, calefacción y agua caliente, y cuando estuvo lista, se la regaló de vuelta a la pareja que lo había acogido durante más de veinte años.

Georges Brassens en uno de sus recitales en la década del 60

El poeta de lo cotidiano

Cien años después de que viese la luz por primera vez, Brassens sigue siendo el poeta de lo cotidiano, el escritor del francés perfecto y el defensor más acérrimo de la decencia humana. Siempre habrá quien mire por la ventana al mundo actual y eche en falta el comentario mordaz de un escritor que tenía más de filósofo que de artista, y más de artista que de filósofo.

Tantôt venant d’Espagne et tantôt d’Italie,
Tous chargés de parfums, de musiques jolies,
Le Mistral et la Tramontane

Georges Brassens cerró los ojos el 29 de octubre de 1981. Sus restos descansan junto a los de su amor en el cementerio de Sète. Es lo más cerca posible que llegamos de cumplir su plegaria. Meses antes de morir, ya enfermo de cáncer, Brassens escribió Súplica para ser enterrado en la playa de Sète:

Justo al borde del mar, a dos pasos del oleaje azul, cavad si es posible un pequeño agujero mullido, un buen nicho pequeño, cerca de mis amigos de la infancia, los delfines, a lo largo de esta playa donde la arena es tan fina(…). Esta tumba es un sándwich entre el cielo y el agua, que no dará una triste sombra al cuadro, sino un encanto indefinible. Los bañistas la usarán de paravientos, y los niños dirán: ¡qué bonito castillo de arena! Si no es mucho pedir, plantad, os lo ruego, alguna especie de pino que de sombra, que sepa proteger de la insolación a los buenos amigos que vengan con afectuosas reverencias a mi sepultura. (…) Pobres reyes faraones, pobre Napoleón, pobres ilustres desaparecidos enterrados en el Panteón, pobres cenizas de consecuencia. Envidiaréis un poco al veraneante eterno, que pedalea sobre las olas mientras sueña, que pasa su muerte de vacaciones.

Sur mon dernier sommeil verseront les échos,
De villanelle, un jour, un jour de fandango,
De tarentelle, de sardane.

Playa de Sète