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Se cumplen 60 años de la muerte de Albert Camus; el hombre que eligió vivir

A pesar de que Albert Camus vive en el imaginario colectivo bañado por la sombra de los autores atribulados por el existencialismo de entreguerras, no hay más que asomarse a su obra durante un momento para quedar cegados por toda la luz del mundo.

Albert Camus tenía padre alsaciano de origen francés, madre argelina de ascendencia española, y creció en uno de los barrios más pobres de Argelia. En El derecho y el revés, una antología de relatos que publicó a los 24 años, nos habló de su infancia, de su madre, de la ironía profundamente humana y profundamente amarga que se encuentra en la vejez. Veinte años después de publicar este primer libro, recibía el Premio Nobel de Literatura; una rareza concedida a quien entonces apenas había pasado el ecuador de la cuarentena. Fue el segundo galardonado más joven en la historia del premio.

Los pies negros de Argelia

La ciudad argelina de Orán es el escenario de la segunda novela de Albert Camus, «La peste»

Los pieds-noirs es como se conoce (o conocía) a los ciudadanos franceses nacidos en suelo argelino durante el último período colonial de Francia sobre Argelia. En una familia de pieds-noirs nació Albert Camus el 7 de noviembre de 1913. En 1914 el padre se muere, o lo matan, en la Primera Guerra Mundial, y la familia se traslada a vivir con la abuela materna a uno de los barrios más pobres de la ciudad.

El pequeño Albert no tocó un libro hasta que no recibió una beca que el Ministerio de Educación francés concedía a los huérfanos de guerra. A uno de los profesores que tuvo durante la escuela primaria le dedicó el discurso de aceptación de su Nobel de Literatura.

Quiso ser deportista, quiso ser soldado, y quiso ser profesor, pero tenía tuberculosis. Como no pudo ser ninguna de esas tres cosas, o no le dejaron, estudió filosofía y letras, empezó a publicar en la década de 1930, y al final fue escritor y periodista.

El absurdo de la vida…

Albert Camus está considerado como el representante del existencialismo ateo, aunque el existencialismo no era una etiqueta que le gustase. Pertenece a una generación que perdió a sus padres en el horror de la Gran Guerra durante la infancia para después ver Europa inundada de nazis en la juventud. Desde la perspectiva del tiempo, no parece sino lógico que Albert Camus se sintiese atraído por las ideas de Nietzsche desde bien joven, y que se preguntase cuál es el sentido de todo esto.

Mi generación ha debido, en sí misma y a su alrededor, restaurar, partiendo de amargas inquietudes, un poco de lo que constituye la dignidad de vivir y de morir

A la confrontación de la búsqueda de sentido frente al silencio irracional que devuelve el mundo la definió como el absurdo. El absurdo no existe en reposo: sólo existe cuando alguien necesita desesperadamente respuestas, y el mundo se mantiene indiferente ante esa necesidad. Ahí el hombre se vuelve absurdo, lleno de nostalgia e indiferencia. Así nos presentaba a Mersault, el protagonista de L’étranger, su primera novela. Un condenado a muerte que ha perdido incluso la voluntad de protestar.

En El extranjero, Camus advierte, o teme, el hombre que está creando la sociedad capitalista de posguerra europea. Un hombre vacío de valores y lleno de apatía, de indiferencia, incluso hacia su propia muerte. Sin embargo, mientras Camus escribía con una mano un personaje alienado, carente de compromiso con la existencia, con la otra se preparaba para entrar en la Resistencia Francesa durante la ocupación alemana, listo para jugarse el pellejo para dejar tras de sí un mundo un poco mejor.

…y el deber de vivirla

Durante los años cuarenta, además de luchar contra los nazis, empezó a trabajar para Gallimard, una prestigiosa casa de publicaciones parisina, y nunca dejó de publicar en prensa. Durante esta década publicó el ensayo El mito de Sísifo, las obras de teatro El malentendido, Calígula, y su segunda novela, La peste, en la que una epidemia arrasa la población de Orán con la misma imperturbabilidad con la que las guerras del siglo XX habían arrasado Europa y el norte de África.

A pesar de lo que podamos entender en la superficialidad del mensaje en la obra de Camus, este siempre se distanció del existencialismo, que además tenía unas connotaciones políticas específicas durante el cénit de su desarrollo en Europa. Es de sobra conocida su enemistad con Jean-Paul Sartre, uno de los exponentes del existencialismo de entreguerras. Esta enemistad versaba más sobre la cuestión del comunismo que sobre las divergencias filosóficas entre absurdo y existencialismo.

Albert Camus: humanista

Albert Camus rechazaba cualquier dogma, ideología o religión que alejase a las personas de lo humano. Nos propuso resolver el problema del absurdo de la existencia con una solución radical: la aceptación, en la falta de respuestas y de sentido. Encontrar el sentido de la vida en la propia voluntad de vivir, como dice en El mito de Sísifo: «En el apego de un hombre a su vida hay algo más fuerte que todas las miserias del mundo» (Alianza Editorial, 2012).

Alberrt Camus con su mujer, Francine Faure

Esto es algo que el propio Camus hizo con fiereza. Viajó por todo el mundo, tuvo decenas de amantes de forma pública sin perder la lealtad ni la relación con su mujer, la pianista y matemática Francine Fraure, que aparece en la foto de arriba, y con quien tuvo dos hijos. Siempre se quisieron. Francine, además de brillante y extraordinariamente bella, sufría depresión clínica y trató de quitarse la vida en alguna ocasión. Puede que en parte por eso el suicidio como solución al absurdo era una opción que Camus respetaba pero ni contemplaba ni recomendaba. La propia muerte no cambia el hecho de que el mundo sigue girando. No dejó de girar cuando, después de haber sobrevivido a la tuberculosis, a la cárcel, a dos guerras mundiales, una de independencia y a los nazis, el coche de Albert Camus se estrelló contra un árbol en 1960. El absurdo definitivo.

Quizá, para explicar a Camus hace falta otro filósofo. Otro humanista que nació tres años después que Camus, exactamente en la orilla opuesta del mismo mar. Quizá lo que mejor explica a Camus es la frase que José Luis Sampedro repitió hasta el último de sus días:

No existe sólo el derecho a la vida, sino el deber de vivirla.