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Un profesor en Groenlandia es el cuarto trabajo del director de cine francés Samuel Collardey, película que nos enseña que el pueblo danés no es el único que posee el secreto de la felicidad.

Desde la calidez del clima mediterráneo que nos envuelve como una leve crisálida, pensar en los helados parajes de Groenlandia se convierte casi en un acto de fe. Es inevitable intuir la sensación sobrecogedora que generan sus inmensos paisajes nevados, acompañados de una gélida sensación de soledad y silencio. Este paraíso hostil –si se me permite el oxímoron– es el destino elegido por el protagonista de Un profesor en Groenlandia (Une année polaire, 2018).

Paisaje nevado con montaña al fondo que muestra una pequeña aldea compuesta por casas de colores donde se rodó la película Un profesor en Groenlandia, del director de cine francés Samuel Collardey.

Tiniteqiilaaq, la pequeña aldea situada en la costa este de Groenlandia que acoge a Anders, el nuevo maestro.

Qué hace un chico como tú en un lugar cómo este

El actor Anders Hvidegaard –que se interpreta a sí mismo– da vida a un joven maestro danés recién licenciado que ansía vivir una experiencia diferente y transformadora. Negando su destino como granjero impuesto por la tradición de varias generaciones familiares, decide romper con todo y pedir una plaza como docente en el lugar más alejado posible: Tiniteqiilaaq. Una remota aldea ubicada en la costa este de la isla que cuenta tan sólo con 80 habitantes, incluido un grupo de escolares difíciles de manejar.

Como es de esperar sus inicios son difíciles. Anders debe enfrentar la austeridad de las condiciones de vida locales, como la ausencia de agua corriente o de inodoros, y el escaso interés de los niños y sus familias por la educación escolar. Los pequeños son rebeldes y carecen de interés alguno por el nuevo maestro o la lengua danesa; prefieren ir a cazar o a pescar como siempre se ha hecho y continuar utilizando el dialecto groenlandés.

Anders, el protagonista de Un profesor en Groenlandia explica algo a dos niños mientras señala con el dedo y sotiene unos papeles. El sol inunca toda la escena en lque aparece un fondo de nieve con cielo azul

Con el invierno el joven maestro se encuentra aislado y poco a poco comienza a integrarse. Trineos tirados por perros, la caza y la pesca como medio de supervivencia, el idioma, las tormentas dentro de un iglú, la aurora boreal… La aventura que tanto deseaba se hace palpable y le descubre el encanto de un estilo de vida marcado por la tradición: Anders por fin comprende la belleza que encierra la vida en un medio tan duro.

Pero el danés no es el único protagonista de Un profesor en Groenlandia. También es la historia de Asser, un niño que prefiere ausentarse de la escuela para cazar focas y pescar salmón con su abuelo y que finalmente consigue acompañarle en un convoy, del que el profesor también forma parte, a través de suntuosos paisajes de nieve inmaculada con el objetivo de cazar osos polares. La cinta se torna así en una película de aventuras que muestra un entorno que hará las delicias de nuestras retinas.

La alquimia cinematográfica de Collardey

Samuel Collardey apuesta por la fotografía y la luz en su cinta y convierte cada fotograma en una oda a la naturaleza. Sin perder de vista esta premisa en ningún momento, consigue situar en 94 minutos a Un profesor en Groenlandia a medio camino entre el género documental y el de la ficción, justo en el punto en el que no es fácil distinguir el peso de uno o de otro. Lo que en ocasiones puede resultar una especie de estudio antropológico, en otras se muestra como un drama o una comedia.

Esta mezcla de géneros podría ser el pie del que cojea el filme ya que el espectador puede sentir cierta desubicación, pero es sin duda el estilo del director. Este enfoque le sirvió ya en 2015 para llevarse un premio en el festival de Venecia con la película Land Legs (Tempête).

Hasta nunca, prejuicios

La mayor isla del mundo sigue siendo una colonia. Groenlandia está políticamente constituida como una región autónoma perteneciente al Reino de Dinamarca pero no es del todo independiente. Dinamarca, como si de un padre sobreprotector se tratara, gestiona su política financiera, la de asuntos exteriores y los aspectos relacionados con la seguridad de la región.

Tal y como ocurre en otros países que tuvieron o tienen colonias, la herencia danesa de cierto complejo de superioridad hacia los inuit está latente entre sus habitantes.

¡Ves las cosas como un danés! el reproche de una de las aldeanas al protagonista por su supuesta superioridad moral.

En la película se aprecia el reflejo de este hecho en la actitud prejuiciosa de algunos de sus personajes. Por ejemplo antes de que Anders parta hacia la gélida Groenlandia, su padre cuestiona su decisión alegando que “ese lugar está lleno de alcohólicos”. El propio profesor, una vez alejado del confort que proporciona Europa, pasa por un proceso de purificación al hacer frente a los convencionalismos centroeuropeos y abrazar otra cultura.

Como espectadores, nuestros prejuicios se tambalean al mismo ritmo que los de Anders. Y la que escribe se pregunta: ¿Acaso no es este uno de los mejores atributos del cine? Que una película nos ponga en conflicto con nosotros mismos; que nos obligue a cuestionarnos nuestros propios principios y que nos haga averiguar de dónde salen y si todavía sirven. Una entrada de cine puede ser la verdadera autoayuda; el auténtico crecimiento personal. Chúpate esa, Paulo Coelho.