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High life: La odisea espacial de Claire Denis

El pasado febrero se estrenó High life, la primera y provocativa incursión en la ciencia ficción de una de las directoras más consagradas del panorama cinematográfico contemporáneo.

Claire Denis recorrió con High life las secciones oficiales de algunos de los festivales de cine más importantes en 2018: el Festival de Toronto, el de Sitges – aunque lo hizo fuera de concurso– y el Festival de Cine de San Sebastián, donde se alzó con el prestigioso FIPRESCI.

Su último trabajo, el primero rodado en lengua inglesa, supone también la primera inmersión en el género de la ciencia ficción de la realizadora. Ella misma firma el guión junto con su mano derecha, Jean-Pol Fargeau y los novelistas Zadie Smith y Nick Laird.

La vida espacial es la vida mejor

Dentro de la ciencia ficción las películas que se desarrollan en el espacio suponen un subgénero en sí mismas. La curiosidad y el deseo del ser humano por explorar, conquistar o buscar refugio en otros planetas lleva años plasmándose en el cine y plantándose como una semilla en nuestro imaginario colectivo.

Pero la aventura espacial ha evolucionado desde los años 60 y ahora va mucho más allá del mero entretenimiento. Abordar cuestiones existencialistas, políticas, ecológicas o incluso sociales desde la intimidad claustrofóbica de una nave espacial, es algo que Hollywood nos ofrece una y otra vez.

Buena parte del género se apoya en la idea de la conquista y la dominación del espacio, y es un concepto que no me interesa en absoluto
Claire Denis

En los últimos años, y de manera consecutiva, el gigante del cine nos ha brindado grandes epopeyas espaciales. Gravity de Alfonso Cuarón en 2013; la épica cuántica de la Interestellar de Christopher Nolan en 2014, The martian de Ridley Scott en 2015, The arrival en 2016 firmada por el canadiense Denis Villeneuve… La lista es extensa y demuestra que el género espacial todavía da para mucho y se puede profundizar en él desde numerosos puntos de vista.

El de Claire Denis en High life trasciende el escenario futurista para profundizar en la condición humana. El viaje que propone es de fuera a dentro; del espacio exterior hacia ese espacio interior, íntimo de cada uno. Y lo hace a través de un grupo de condenados a muerte que aceptan conmutar sus sentencias por formar parte de una misión con destino al agujero negro más cercano a la Tierra.

El argumento: conejillos de indias, probetas y angustia existencial

En una realidad distópica, la necesidad de conseguir nuevas fuentes de energía es alarmante. Se llevan cabo misiones espaciales en naves-cárcel tripuladas por convictos para extraerla de remotos agujeros negros. Denis comienza la película mostrando la rutina de Monte (Robert Pattinson) y su hija de pocos meses Willow, el primer ser humano que no ha conocido la Tierra.

Sobreviven en una de esas naves completamente solos; totalmente aislados en mitad del cosmos. Sabemos que lo peor ya ha ocurrido, pero no qué pasó. Poco a poco la madeja se va desenredando hacia atrás y conocemos a Dibs (Juliette Bicnoche), una doctora genetista de dudosa moral empeñada en crear vida en un entorno hostil y condenado a la muerte.

Experimenta con sus compañeros de viaje como si fuesen conejillos de indias hasta que consigue fecundar a una de las tripulantes contra su voluntad. El grupo poco a poco ha ido aniquilándose en el interior de la nave y cuando sólo quedan Monte y Willow, el espectador ya se ha enfrentado a lo más oscuro, pero Claire Denis todavía guarda un bonus track.

Una leyenda viva

Desde que en 1988 se diera a conocer con su ópera prima Chocolat, la realizadora francesa ha ido construyendo una carrera cinematográfica sólida y arriesgada. Con trece largometrajes a su espalda, Claire Denis es una de las directoras en activo más importantes del panorama del cine contemporáneo.

Antes de firmar su primera película trabajó como asistente de dirección con los legendarios Wim Wenders y Jim Jarmush. Su estilo, espontáneo pero contundente donde lo sensual y lo físico están presentes, se deja ver en este acercamiento la ciencia ficción –eso sí, low cost–. Esta aproximación al género no sorprende, pues la directora se siente cómoda en cualquier ámbito cinematográfico, como demostró con el polar en No puedo dormir (J’ai pas sommeil, 1994), con el bélico en Buen trabajo (Beau travail, 1999) o con la comedia en Un bello sol interior (Un beau soleil intérieur, 2017).

Con High life Claire Denis ha conseguido una cinta difícil de definir alejada de los cánones comerciales y de la pirotécnica propia de las películas espaciales. Nos brinda, en cambio, una historia fragmentada que se aleja también así, en su forma, de la cómoda tradición narrativa para ponernos a prueba y explorar a base de flashbacks los aspectos más viscerales de la condición humana como la soledad, los impulsos sexuales o los vínculos afectivos entre padres e hijos.

Sí: Robert Pattinson y Juliette Binoche en la misma película

En el trabajo interpretativo de Robert Pattinson queda ya muy poco del joven vampiro con aire emo que conquistó el corazón de miles de adolescentes en la saga Crepúsculo. Siendo mucho más selectivo con sus trabajos, fue él mismo quien le pidió a Claire Denis trabajar con ella convencido de que surgiría química entre actor y directora. No se equivocaba.

El triángulo ganador lo completa la maravillosa Juliette Binoche, actriz francesa reconocida internacionalmente que ya se había puesto bajo la batuta de la realizadora en trabajos anteriores.

La actuación de ambos funciona y arrastra al espectador hacia una bizarra y poética espiral. Una exploración del deseo que surge entre dos personajes que ya están desahuciados y derrotados desde el principio. Pero no son los únicos que aportan su talento para generar la atmósfera asfixiante de que se respira en la nave. Al reparto se unen la británica Mia Goth, a quien pudimos ver en Nynphomaniac: Volumen II de Lars Von Trier, el rapero André 3000 y la pequeña bebé Scarlett Lindsay.

Un canto ecologista subliminal

High life da la impresión de ir al hueso de nuestro tiempo. Bajo todo su discurso de moral humana atrofiada, de ausencia de ética científica, bajo el existencialismo que plantea hay presente una denuncia ecologista. La catástrofe medioambiental es una nota de fondo que se nutre del temor que vivimos al llevar a nuestro planeta al límite y al saber que casi es demasiado tarde.

Una vez más el cine nos muestra el espacio exterior como la última oportunidad, como un terreno a conquistar. Pero el trayecto del viaje debe hacerse al inverso, hay que viajar al espacio interior, a lo más íntimo y oculto de nosotros mismos para despertar nuestra conciencia colectiva y hacerlo ya. De una vez por todas.

 

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Un profesor en Groenlandia

Un profesor en Groenlandia es el cuarto trabajo del director de cine francés Samuel Collardey, película que nos enseña que el pueblo danés no es el único que posee el secreto de la felicidad.

Desde la calidez del clima mediterráneo que nos envuelve como una leve crisálida, pensar en los helados parajes de Groenlandia se convierte casi en un acto de fe. Es inevitable intuir la sensación sobrecogedora que generan sus inmensos paisajes nevados, acompañados de una gélida sensación de soledad y silencio. Este paraíso hostil –si se me permite el oxímoron– es el destino elegido por el protagonista de Un profesor en Groenlandia (Une année polaire, 2018).

Tiniteqiilaaq, la pequeña aldea situada en la costa este de Groenlandia que acoge a Anders, el nuevo maestro.

Qué hace un chico como tú en un lugar cómo este

El actor Anders Hvidegaard –que se interpreta a sí mismo– da vida a un joven maestro danés recién licenciado que ansía vivir una experiencia diferente y transformadora. Negando su destino como granjero impuesto por la tradición de varias generaciones familiares, decide romper con todo y pedir una plaza como docente en el lugar más alejado posible: Tiniteqiilaaq. Una remota aldea ubicada en la costa este de la isla que cuenta tan sólo con 80 habitantes, incluido un grupo de escolares difíciles de manejar.

Como es de esperar sus inicios son difíciles. Anders debe enfrentar la austeridad de las condiciones de vida locales, como la ausencia de agua corriente o de inodoros, y el escaso interés de los niños y sus familias por la educación escolar. Los pequeños son rebeldes y carecen de interés alguno por el nuevo maestro o la lengua danesa; prefieren ir a cazar o a pescar como siempre se ha hecho y continuar utilizando el dialecto groenlandés.

Con el invierno el joven maestro se encuentra aislado y poco a poco comienza a integrarse. Trineos tirados por perros, la caza y la pesca como medio de supervivencia, el idioma, las tormentas dentro de un iglú, la aurora boreal… La aventura que tanto deseaba se hace palpable y le descubre el encanto de un estilo de vida marcado por la tradición: Anders por fin comprende la belleza que encierra la vida en un medio tan duro.

Pero el danés no es el único protagonista de Un profesor en Groenlandia. También es la historia de Asser, un niño que prefiere ausentarse de la escuela para cazar focas y pescar salmón con su abuelo y que finalmente consigue acompañarle en un convoy, del que el profesor también forma parte, a través de suntuosos paisajes de nieve inmaculada con el objetivo de cazar osos polares. La cinta se torna así en una película de aventuras que muestra un entorno que hará las delicias de nuestras retinas.

La alquimia cinematográfica de Collardey

Samuel Collardey apuesta por la fotografía y la luz en su cinta y convierte cada fotograma en una oda a la naturaleza. Sin perder de vista esta premisa en ningún momento, consigue situar en 94 minutos a Un profesor en Groenlandia a medio camino entre el género documental y el de la ficción, justo en el punto en el que no es fácil distinguir el peso de uno o de otro. Lo que en ocasiones puede resultar una especie de estudio antropológico, en otras se muestra como un drama o una comedia.

Esta mezcla de géneros podría ser el pie del que cojea el filme ya que el espectador puede sentir cierta desubicación, pero es sin duda el estilo del director. Este enfoque le sirvió ya en 2015 para llevarse un premio en el festival de Venecia con la película Land Legs (Tempête).

Hasta nunca, prejuicios

La mayor isla del mundo sigue siendo una colonia. Groenlandia está políticamente constituida como una región autónoma perteneciente al Reino de Dinamarca pero no es del todo independiente. Dinamarca, como si de un padre sobreprotector se tratara, gestiona su política financiera, la de asuntos exteriores y los aspectos relacionados con la seguridad de la región.

Tal y como ocurre en otros países que tuvieron o tienen colonias, la herencia danesa de cierto complejo de superioridad hacia los inuit está latente entre sus habitantes.

¡Ves las cosas como un danés! el reproche de una de las aldeanas al protagonista por su supuesta superioridad moral.

En la película se aprecia el reflejo de este hecho en la actitud prejuiciosa de algunos de sus personajes. Por ejemplo antes de que Anders parta hacia la gélida Groenlandia, su padre cuestiona su decisión alegando que “ese lugar está lleno de alcohólicos”. El propio profesor, una vez alejado del confort que proporciona Europa, pasa por un proceso de purificación al hacer frente a los convencionalismos centroeuropeos y abrazar otra cultura.

Como espectadores, nuestros prejuicios se tambalean al mismo ritmo que los de Anders. Y la que escribe se pregunta: ¿Acaso no es este uno de los mejores atributos del cine? Que una película nos ponga en conflicto con nosotros mismos; que nos obligue a cuestionarnos nuestros propios principios y que nos haga averiguar de dónde salen y si todavía sirven. Una entrada de cine puede ser la verdadera autoayuda; el auténtico crecimiento personal. Chúpate esa, Paulo Coelho.

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Los Premios César de 2019

Porque no todo en la fiesta del cine va de los Oscar ni de Lady Gaga al piano, os traemos el palmarés de la 44ª edición de los Premios César de 2019 del cine francés y os hablamos de las dos grandes favoritas de la noche.

El pasado 22 de febrero la emoción y la expectación eran palpables en la majestuosa Salle Pleyel en París, donde se celebró la ceremonia de los premios César de 2019. Tras la elegancia y la muestra de savoir-faire francés del que hicieron gala las celebridades en la alfombra roja, el humorista y guionista franco-argelino Kad Merad se encargó de conducir una ceremonia que brilló por su sobriedad.

Ni los intentos del cómico por amenizar la gala disfrazado de Freddie Mercury en un guiño al director estadounidense Bryan Singer -sí, en serio- ni la presencia del laureado de honor Robert Redford, ni el homenaje improvisado al genio de Chanel Karl Lagerfeld fueron estímulos suficientes para levantar el nivel de audiencia más bajo al que se ha enfrentado la Academia desde 2010.

Xavier Legrand triunfa en los premios del cine galo con sun película ‘Custodia compartida’.

Mejor Película para Xavier Legrand

De los siete largometrajes que optaban a Mejor Película, el favorito ha resultado ser Custodia compartida (Jusqu’à la garde, 2018), el debut de Xavier Legrand cuyo preestreno tuvo lugar en la edición de 2017 del Festival de Cine Francés y Francófono de Málaga organizado por la Alianza Francesa de la misma ciudad.

Legrand pone la piel de gallina con este drama familiar en el que se intuyen toques de thriller clásico. En él conocemos a un matrimonio en proceso de divorcio y su lucha brutal en el juzgado por la custodia de su hijo menor. La tensión en crescendo que marca el guión pone de relieve las geniales actuaciones de sus protagonistas Léa Drucker y Denis Menochet.

La protagonista del filme, Léa Drucker, resultó ganadora del César a la Mejor Actriz.

Ambos fueron nominados a Mejor Actriz y Mejor Actor respectivamente y han realizado un trabajo memorable bajo las órdenes del director, pero sólo Léa Drucker se llevó el Premio César a casa.

No fueron estas las únicas alegrías que dio Custodia compartida a su equipo. También se llevó el César al Mejor Guión Original y a la Mejor Edición. La cinta se revela como la sorpresa de la temporada y el hecho de que se trate de una ópera prima carga de valor –aún más, si cabe– todos los merecidos reconocimientos con los que ha sido premiada.

Mejor dirección para Jacques Audiard

Y de un debutante pasamos a un veterano, ya que el Premio César de 2019 en la categoría de Mejor Dirección ha sido para Jacques Audiard, uno de los realizadores más consagrados del panorama cinematográfico Francés. Y lo ha conseguido gracias a su buen hacer en la coproducción franco-americana de nombre ‘chanante’ Los hermanos Sisters (Les Frères Sisters, 2018).

El director de Un profeta triunfa en la noche de los César con un western existencial cargado de imágenes preciosistas y acento americano.

Contando con la participación en la película de grandes de Hollywood como Joaquin Phoenix , John C. Reilly y Jake Gyllenhaal, Audiard adapta a la gran pantalla la novela homónima del escritor canadiense Patrick deWitt (Anagrama, 2013).

El director de Un profeta nos sumerge de lleno en el salvaje y viejo oeste en plena fiebre del oro. Nos ofrece un western existencial que va del nihilismo al humanismo cargado de imágenes visualmente preciosistas. No es de extrañar, entonces, que la cinta haya sido premiada también en las categorías de Mejor Diseño de Producción, Mejor Fotografía y Mejor Sonido, lo que ya nos da una pista a nivel técnico de la calidad y el mimo con los que Audiard ha tratado a su película.

Resumen del Palmarés

Entre el resto de laureados de la noche de los Premios César de 2019 destaca el director japonés Hirokazu Kore-eda, ganador del Mejor Film Extranjero por la película Somos una familia (Manbiki kazoku, 2018). El reconocimiento de la Academia al Mejor Actor fue para Alex Lutz por su trabajo en Guy (2018), filme que,además de protagonizar, también dirige.

Todos los premiados
    • MEJOR PELÍCULA: Custodia compartida, de Xavier Legrand
    • MEJOR DIRECCIÓN: Jacques Audiard, Les Frères Sisters
    • MEJOR ACTRIZ: Léa Drucker, Custodia compartida
    • MEJOR ACTOR: Alex Lutz, Guy
    • MEJOR ACTRIZ SECUNDARIA: Karine Viard, Les chatouilles
    • MEJOR ACTOR SECUNDARIO: Philippe Katerine, Todo o nada
    • REVELACIÓN FEMENINA: Kenza Fortas, Shéhérazade
    • REVELACIÓN MASCULINA: Dylan Robert, Shéhérazade
    • MEJOR GUION ORIGINAL: Custodia compartida, de Xavier Legrand
    • MEJOR GUION ADAPTADO: Les chatouilles, de Andrea Bescond y Eric Metayer
    • MEJOR DISEÑO DE PRODUCCIÓN: Les Frères Sisters (Michel Barthelemy)
    • MEJOR VESTUARIO: Mademoiselle de Joncquières (Pierre-Jean Larroque)
    • MEJOR FOTOGRAFÍA: Les Frères Sisters (Benoît Debie)
    • MEJOR EDICIÓN: Custodia compartida (Yorgos Lamprinos)
    • MEJOR SONIDO: Les Frères Sisters (Brigitte Taillandier, Valerie de Loof, Cyril Holts)
    • MEJOR MÚSICA ORIGINAL: Guy (Vincent Blanchard, Romain Greffe)
    • MEJOR ÓPERA PRIMA: Shéhérazade, de Jean-Bernard Marlin
    • MEJOR FILM ANIMADO: Dilili à Paris, de Michel Ocelot
    • MEJOR CORTO ANIMADO: Vilaine fille, de de Ayce Kartal
    • MEJOR FILM EXTRANJERO: Somos una familia, de Hirokazu Kore-eda
    • MEJOR CORTOMETRAJE: Les petites mains, de Rémi Allier
    • MEJOR DOCUMENTAL: Ni juge, ni soumise, de Jean Libon & Yves Hinant
    • CÉSAR DEL PÚBLICO: Les Tuche 3, de Olivier Baroux
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Cine francés Festival Actualidad

François Ozon: basado en hechos reales

François Ozon sacude al jurado del Festival de Cine de Berlín con ‘Grâce à Dieu’, la película basada en hechos reales que denuncia el abuso sexual a menores en la Iglesia.

François Ozon ha ocupado un lugar importante en el palmarés de la última edición de la Berlinale. El jurado internacional del Festival de Cine de Berlín otorgó el Oso de Plata al realizador francés por su última obra ‘Gracias a Dios  (Grâce à Dieu, 2018), una cinta que se aleja de la ficción para contar una estremecedora historia de denuncia basada en hechos reales.

LA HISTORIA REAL

Ozon se ha metido en un terreno pantanoso y complicado al basar su nueva película en un caso real de pederastia. Los hechos tuvieron lugar entre la década de los 70 y los 90 y conforman uno de los casos más flagrantes de abusos sexuales a menores perpetrados por miembros de la Iglesia Católica en Francia. Concretamente por parte del clérigo Bernard Preynard, cuyas víctimas, ya adultas, denunciaron por abuso antes de 1991.

No se trata precisamente de un caso archivado u olvidado por la sociedad francesa. El pasado enero se llevó a cabo el juicio en el que se acusa a seis responsables de la diócesis de Lyon por haber encubierto los lamentables actos de Preynard. La sentencia se espera para el próximo marzo, por lo que el estreno de la cinta en Francia se ha visto comprometido y probablemente tenga que ser aplazado.

François Ozon en su discurso tras recibir el Oso de Plata en la Berlinale

LA PELÍCULA

Conocemos a Alexandre, interpretado por Melvil Papaud, un católico practicante y padre de cinco hijos con una vida dentro de los márgenes de la normalidad. Para su estupor, un día descubre que el cura que abusó de él cuando era adolescente durante su estancia en unos campamentos de verano sigue en activo y, lo que es aun peor, sigue rodeado de niños. Alexandre se arma de valor y decide alertar a Monseñor Barbarin, encarnado por el actor François Marthouret.

Sin embargo, desde el Arzobispado de Lyon no hacen nada al respecto. Frente a la pasividad de la Iglesia, Alexandre sigue tirando del hilo hasta dar con testimonios de otras víctimas. Desde ese momento comienza la lucha en pos de la verdad y la justicia contra una institución poderosa e inamovible.

Mi película no se coloca en un aspecto legal, se coloca en el aspecto humano y el sufrimiento de las víctimas – François Ozon

Del drama familiar al thriller; del documental al drama social. Contando con la participación de actores importantes del cine francés como Denis Ménochet, Swann Arlaud o Éric Caravaca, un François Ozon totalmente renovado y alejado de su personal estilo cinematográfico, se sirve de diferentes géneros para dar forma a los 135 minutos de la cinta tratando desde diferentes ángulos el dolor, el trauma, la vergüenza o la culpa.

EL RETO DE OZON

Parece inevitable asociar ‘Gracias a Dios’ a la estadounidense Spotlight de Thomas McCarthy, pues ambas películas tratan temas muy parecidos. No obstante, mientras que la segunda se centra en la investigación periodística del caso y el silencio cómplice de una comunidad entera, el filme de François Ozon se desarrolla desde el punto de vista de las propias víctimas que, a su vez, son verdaderos creyentes que forman parte activa de la Iglesia.

Este matiz es importante porque lleva implícito el respeto por la Institución y, en mayor medida, el respeto por las creencias religiosas de las personas a partir de las cuales se creó el guión. Aún así, el director de Frantz llegó a Berlín con una bomba de relojería bajo el brazo que ha sacudido a la opinión pública y a la propia Iglesia, que vuelve a ver cómo su autoridad moral se tambalea una vez más.

LO QUE NO SE NOMBRA NO EXISTE

Grâce à Dieu intenta romper el silencio de las instituciones poderosas y parece que toca hueso. El realizador ha sufrido distintas ‘presiones’ e incluso retiradas de fondos para que su película no vea la luz. Afortunadamente no han sido fructíferas y el filme ha salido adelante. Por otra parte nada ha impedido que los medios europeos se hagan eco de la cinta y del escándalo que supone el caso en la Iglesia.

Que no sea fácil hablar de tabúes no quiere decir que no sea necesario hacerlo. El abuso sexual a menores es algo que lamentablemente ocurre y negarlo hace un flaco favor a las víctimas. Por eso es tan importante que desde el Cine, el Arte o la Literatura se nombre también lo que no nos gusta, lo que nos duele; porque aceptar que todavía tenemos defectos tan graves como este nos convierte en una sociedad más madura que será capaz de generar un cambio.

Gracias, François Ozon, por ser en esta ocasión un altavoz.

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Cómo ser Jean-Luc Godard

Godard, el mítico director franco-suizo cabeza de la Nueva Ola en los 60, estrena su última película Le livre d’image, ganadora de la Palma de Oro Especial en el Festival de Cannes de 2018.

Que uno pueda regalar lo que no posee, dulce milagro de nuestras manos vacías Jean-Luc Godard

Jean-Luc Godard tiene 88 años y se ha pasado el cine. Dos veces. La primera vez durante la década de los 60 con la Nouvelle Vague, de la que fue máximo representante junto con Truffaut, Rohmer y Chabrol; la segunda, ahora. En pleno siglo XXI, posicionando sus últimos trabajos a la vanguardia de la vanguardia.

Una película que no es exactamente eso

El libro de las imágenes (Le libre d’image, 2018) llega a España el próximo 22 de febrero de la mano de Avalon y Filmin. Ha formado parte de la programación del Festival de Rotterdam, famoso por albergar contenido de corte experimental. Alejada de salas de cine convencionales, la cinta se ha proyectado en una habitación del Hotel Atlanta -uno de los pocos edificios de la ciudad que no fue arrasado en el bombardeo alemán del 40- cubierta de alfombras persas y con sillones, tal y como está decorado el propio estudio de Godard en Suiza.

Con capacidad para sólo 30 personas, durante tres pases al día y en una pantalla pequeña, El libro de las imágenes dejó boquiabiertos a sus espectadores. Lo que el director ofrece en este filme es una especie de collage de secuencias que se suceden una detrás de otra, una ensayo fílmico que continúa la línea marcada anteriormente con Historia(s) del cine (Histoire(s) du Cinéma, 1988).

Virales de Internet, comunicados del ISIS, Kim Novak cayendo al agua en la Bahía de San Francisco, una joven Joan Crawford mirando a cámara, fragmentos del noticiario e imágenes televisivas, el ojo cortado por una cuchilla de Buñuel en su Perro Andaluz… Secuencias sacadas de su contexto que cobran un nuevo significado en la coctelera de luz de Godard en la que el único hilo conductor es la inconfundible voz en off del propio director recitando aforismos, dándole profundidad a unas imágenes alteradas previamente por su mano en su estudio. Pura experimentación, pura avant-garde.

¿Una Nueva-Nueva Ola?

El director de cine francés Michel Hazanavicius dijo de Godard -a quién dedicó un prescindible biopic- que él mismo era la Nouvelle Vague. Supo anticipar el futuro del cine y desarrollar un estilo personal que no ha tenido comparación. Una genialidad así no se frena ni con la edad.

Pasa el tiempo y el nuevo Jean-Luc Godard se recrea en la innovación. Se empeña en salirse de la tradición cinematográfica, en seguir cambiando su concepto. Sigue sin identificarse con los parámetros habituales: los aborrece como ya lo hiciera en los sesenta. El realizador franco-suizo se interesa ahora por un tipo de cine a medio camino entre el documental, el ensayo y la ficción. A sus 88 años, Jean-Luc Godard resulta incombustible y casi se le intuye eterno.

Facetime desde La Croissete

En el 68 , cuando el director estaba en la cumbre, se plantó en la Croissete, donde se celebra desde siempre el Festival de Cannes, acompañado de sus colegas de Cahier du Cinéma. Tenían intención de suspender el certamen como gesto de apoyo y rebeldía en solidaridad con las protestas estudiantiles y obreras que se estaban viviendo en el París efervescente de la época.

Nosotros hablamos de solidaridad con estudiantes y trabajadores, y vosotros de primeros planos o tiros de cámara. Sois unos gilipollas Jean-Luc Godard

Con Francia absolutamente parada, que el festival siguiera su curso les parecía una ofensa a estos cineastas rebeldes. Consiguieron suspender la programación cuando aún quedaban cinco días de proyecciones y no hubo palmarés.

Medio siglo después sí lo ha habido y el mismo Godard que se colgó de las cortinas del cine Lumiére para protestar, ganó el año pasado la Palma de Oro Especial por El libro de las imágenes. Con su inseparable puro en la boca, dio una rueda de presa vía Facetime mientras él seguía en su “exilio” suizo y contestaba de esta forma una pregunta tras otra sin tan siquiera ver el rostro de los periodistas que lo entrevistaban.

Un genio irritante, sí, pero irrepetible

No, no se puede ser como Jean-Luc Godard. Conociendo la filmografía y la trayectoria vital del director de Banda a parte se deduce que es del tipo de creadores que surgen una vez cada cien años. Uno que lleva el cine –su idea tan singular del cine– bajo la piel y que no sólo busca emocionar con su obra. Quiere que reflexionemos aunque nos haga sentir incómodos para ello. Nos quiere enfadados. Quiere que no nos relajemos delante de la pantalla y que nos rebelemos en las butacas aunque sea hacia lo que estamos viendo.

Acostumbrados a consumir series y películas que se nos ofrecen ya masticadas, lo que Godard nos lleva dando todo este tiempo con su filmografía es un regalo de valor incalculable.

Por favor, Godard, no te acabes nunca.

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My French Film Festival: cuando Internet hace su magia

Cinéfilos, cinéfilas: estamos de enhorabuena. En menos de diez días dará comienzo la novena edición de My French Film Festival. Te contamos todo lo que necesitas saber sobre el primer festival de cine online de alcance global.

Venecia, Cannes, Sundance, Tribeca, Berlín, Toronto… Todos estos destinos por los que a muchos nos gustaría dejarnos caer a la primera oportunidad tienen en común que son cuna de prestigiosos festivales de cine. Cada vez que se aproxima la fecha de alguno de ellos los amantes del cine nos empapamos de la programación aunque no podamos asistir; leemos con avidez las noticias relacionadas con el evento y las críticas firmadas por las plumas más importantes del mundillo. Sin embargo las propias películas, que es lo que nos importa de verdad y lo que nos hace mordernos las uñas de impaciencia, no las podemos ver.

En estos casos sólo nos queda conformamos con ver el tráiler de las cintas proyectadas y esperar durante meses –muchos meses– a que, con un poco de suerte, estrenen las que nos interesan en los cines de nuestra ciudad. Por eso la iniciativa que desde 2012 impulsa Unifrance con My French Film Festival es tan interesante.

Un festival de cine a un click

Imagina poder ver toda la selección de un festival de cine desde la comodidad de tu sofá desde cualquier parte del mundo. Imagina disfrutar de las películas en primicia a la hora que mejor te venga y participar en él votándolas después. En esto consiste My French Film Festival, el primer festival de cine online de alcance global que, para nuestro gozo, está dedicado al cine francés y francófono. Un concepto inédito, totalmente revolucionario, que tiene como objetivo promocionar a las nuevas promesas del cine francés

Cartel de la novena edición de My French Film Festival

¿Dónde y cómo se pueden disfrutar las películas?

Es España la plataforma a través de la que podremos ver la selección del festival es Filmin. Desde el 18 de enero al 18 de febrero estarán disponibles los diez largometrajes y los diez cortometrajes franceses que entran a concurso. Los internautas/espectadores están invitados a puntuar todas las películas e incluso a comentarlas o reseñarlas en el sitio oficial de My French Film Festival. La selección consta también de dos cintas belgas a concurso, y, fuera de él, un filme clásico y dos películas canadienses. Una oportunidad estupenda para ponerle acento a cada nacionalidad.

La buena noticia es que, además, las películas se proyectan en numerosas salas de cine en todo el mundo. Aunque todavía no hay información sobre las ciudades afortunadas donde poder verlas, confiamos en tener alguna cerca para poder disfrutar de la experiencia en su totalidad. Por otra parte, si tienes previsto algún vuelo quizá tengas la suerte de poder ver cine francés en las nubes. Las películas del Festival se proyectan en los vuelos de numerosas compañías aéreas como es el caso, por supuesto, de Air France. Toda esta información se ampliará en los próximos días en el sitio oficial de My French Film Festival.

El Palmarés

Como en todos los festivales de cine, My French Film Festival cuenta con su propio palmarés. Son tres los premios a los que optan las películas participantes. El Premio Chopard de los Cineastas, cuyo jurado está compuesto por directores de cine internacionales; el Premio de la Prensa Internacional, que otorgan periodistas de grandes diarios; y he aquí lo más emocionante: el Premio Lacoste del Público que decidirán internautas del mundo entero a través de sus votos.

En la octava edición del festival, la de 2018 -con más de 12 millones de visionados-, el jurado del Chopard estuvo presidido por el magnífico director italiano Paolo Sorrentino (Il Divo, La Grande Bellezza). Pero no estuvo solo. Le acompañaron el director franco-marroquí Nabil Ayouch (Chevaux de dieu, Much Loved), el francés Kim Chapiron (Sheitan, Dog Pound), la directora francesa Julia Ducornau, que con su ópera prima Crudo llamó la atención del público y la crítica de todo el globo, y el prolífico director filipino Brillante Mendoza (Kinatay, Masahista).

En  ediciones anteriores siempre ha habido un director de renombre presidiendo el jurado: Jean-Pierre Jeunet, Pablo Trapero, Nicolas Winding Refn, Michel Gondry… No son precisamente cineastas inexpertos, lo que confiere cierto prestigio al Festival. Confesamos que en Lien estamos impacientes por saber qué realizadores compondrán el jurado de este año.

https://www.youtube.com/watch?v=A7mSmtyYB4U

Para todo hay un precio

Pero el de este Festival es realmente asequible. De hecho, cada año My French Film Festival es gratuito en algunas regiones que van cambiando con cada nueva edición. En 2019 se benefician de ello América Latina, Rusia, Polonia, Rumanía, Africa y la India. En el resto de regiones el coste por película es de 1’99 euros mientras que el paquete para poder acceder a todas las películas del festival tiene un coste de 7’99 euros. Además, todos los cortometrajes son completamente gratuitos en cualquier parte del mundo.

Visibilizar el trabajo de jóvenes cineastas

El principal objetivo que tiene Unifrance con este Festival es promocionar y valorar el trabajo de los nuevos talentos cinematográficos que emergen en Francia. Es de vital importancia incentivar la creación de cultura de un país y son iniciativas como esta las que lo consiguen. Vivir en un mundo globalizado, continuamente online envuelto en un exceso de información tiene sus claros y sus oscuros. Sin embargo, que cualquier persona desde cualquier rincón del mundo pueda disfrutar del CINE (si se me permiten las mayúsculas) y sentirse parte de un proyecto cultural de envergadura mundial arroja, sin duda, mucha -pero mucha- luz sobre tanta sombra.

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Amor ocasional en nuestras pantallas

A principios de diciembre Netflix sorprendió a sus adeptos con la comedia romántica Plan Coeur. Traducida libremente al castellano como Amor Ocasional, la serie nos cuenta las peripecias de Elsa, Charlotte y Milou. La primera, eje central de la historia, vive deprimida desde su última ruptura y sus amigas quieren hacer algo para ayudarla. Con la intención de proporcionar a Elsa una buena dosis de autoestima, deciden contratar los servicios de un chico de compañía para que salga con ella.

Aquellos que crecimos en la década de los 90 nos forjamos una idea bastante concreta de la amistad gracias a las numerosas ficciones televisivas centradas en las idas y venidas de algún un grupo de amigos al que hubiésemos querido pertenecer. Por supuesto, esto nos ha hecho expertos en el tema. Nos sabemos de sobra el arco argumental de este tipo de comedias y, sí, lo reconocemos: nos encantan. Como no podía ser de otra manera, Amor Ocasional no nos descubre la pólvora.

La serie, firmada por la directora y guionista francesa Noémie Saglio, navega por las relaciones románticas, familiares y de amistad de un grupo de treintañeros que tratan de encajar en su tiempo. Sin embargo, que ya hayamos vivido muchas veces antes las situaciones derivadas de esta premisa –pues las series a estas alturas no se ven, sino que se viven– no quiere decir que no queramos repetir, especialmente si tenemos las calles de París como escenario.

Realmente el código de la serie se descifra desde el primer episodio. Al compararla con otras producciones recientes del otro lado del charco a las que quizá estemos más acostumbrados, podemos observar que no se trata de una serie activista o reivindicativa, como pudiera ser Girls de Lena Dunham. Tampoco trata el humor desde el absurdo como ocurre en New girl, comedia protagonizada y producida por la actriz Zooey Deschanel. Probablemente tenga más puntos en común con Love, la serie del archiconocido Judd Apatow protagonizada por Gillian Jacobs, aunque de una forma algo más edulcorada.

El código de la serie se descifra desde el primer episodio. El punto fuerte de Amor ocasional es su casting y la química entre las actrices protagonistas.

El punto fuerte de Plan Coeur es su casting. Zita Hanrot, ganadora del César a la Mejor Actriz Revelación en 2016 por su papel en Fatima (2015) de Philippe Faucon, da vida a Elsa; la protagonista insegura y en plena crisis existencial que necesita ser rescatada por sus amigas. O eso cree una de ellas, Charlotte, en la piel de Sabrina Ouazani, actriz de ascendencia argelina a quien pudimos ver en 2003 dirigida por Abdellatif Kechiche en su película L’Esquive. Cuando Charlotte decide contratar los servicios de un chico de compañía para animar a Elsa, la tercera amiga en discordia, Milou, muy a su pesar, toma partido en el ridículo plan. A Milou la interpreta la actriz, cantante y humorista francesa Joséphine Draï. La química que existe entre las tres actrices hace que el espectador empatice pronto con ellas y quiera acompañarlas capítulo tras capítulo a pesar de lo irritantes que pueden resultar sus personajes en algunos momentos.

A Jules, el gigoló de corazón noble con actitud de no haber roto nunca un plato, le pone cara el actor y músico Marc Ruchmann, a quien pudimos ver trabajando bajo las batutas de François Ozon o Julie Delpy. Este personaje, como es de esperar, termina enamorándose de la pobre Elsa, lo que propicia una serie de situaciones del todo predecibles –aunque encantadoras– con el resto de personajes.

Lo interesante de la serie es que resulta un reflejo acertado de la juventud de clase media parisina donde la diversidad racial está reflejada y naturalizada. A un nivel más universal, la serie de Saglio tiene mucho de generacional. Surgen elementos totalmente actuales; como Uber o AirBNB. Por otra parte, la eterna presencia de los smartphones se hace palpable cuando aparecen los mensajes de chat directamente expuestos en el plano mientras los personajes teclean en sus móviles. El uso de la tecnología y las redes sociales como conductoras en las tramas es tan real como en la vida misma. Sólo hay que ver a Elsa cotilleando el Instagram de su ex para regodearse en su propia desgracia. Lamentablemente, no hay nada más generacional que la incertidumbre y la precariedad laboral propias de esta época, como en el caso de Charlotte que está desempleada y sobrevive con trabajos esporádicos o el propio Jules, gigoló por necesidad económica.

Lo realmente interesante de la serie es que resulta un reflejo acertado de la juventud de clase media parisina donde la diversidad racial está reflejada y naturalizada.

Es cierto que no se trata de una serie de las que marcan un antes y después y que los personajes están estereotipados; y que al final el amor romántico es el letimotiv que flota en su atmósfera. Esto sería un problema si la ficción de Noémie Saglio tuviese pretensiones de algo más que de ser un sano entretenimiento. Afortunadamente no es así. A veces se agradece simplemente la evasión y engancharse a algo fácil. Por eso los 25 minutos de duración de cada uno de los 8 capítulos que componen la primera temporada de Amor Ocasional la convierten en la candidata perfecta para tu próximo maratón de domingo de mantita y sofá.

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Desplechin: a vueltas con el pasado

Se acaba de estrenar el nuevo trabajo del francés Arnaud Desplechin. El director se rodea en esta ocasión del star-system galo para dar vida a los personajes de Los fantasmas de Ismaël, un drama con forma triangular.

El concepto de triángulo amoroso se ha explorado una y otra vez en la ficción. Uno de los pioneros fue Homero, cuando tuvo a bien que Ulises en la Odisea se topara con la bella Calipso mientras que su esposa, Penélope, lo esperaba en Ítaca rechazando a un pretendiente tras otro. Pero no hay que irse tan atrás ni limitarse a la literatura. En el cine se trata de un argumento recurrente que -casi- siempre funciona.

Lo vimos en Jules et Jim (1962) de François Truffaut, en Y tu mamá también (2001), el road trip a la mexicana de Alfonso Cuarón; lo vimos en la perturbadora Los soñadores (The dreamers, 2003) de Bertolucci o en Los amores imaginarios (Les amour imaginanaires, 2010) del enfant terrible canadiense Xavier Dolan. La lista podría seguir y seguir y todavía nos quedaría alguna película en el tintero para añadir. Sea como sea, la fórmula funciona. Es fácil conectar psicológicamente con lo que vemos en la pantalla si lo que nos muestran se parece de alguna manera a nuestras vivencias o fantasías. Y es que, ¿quién no tiene un amigo o amiga que se ha visto involucrado en una situación así?

El francés Arnaud Desplechin apuesta precisamente por un triángulo amoroso en su recién estrenada Los fantasmas de Ismaël.

El francés Arnaud Desplechin apuesta precisamente por un triángulo amoroso en su recién estrenada Los fantasmas de Ismaël (Les fantômes d’Ismaël, 2018). En esta película nos retrata a Ismaël, alter ego de Desplechin e interpretado por el actor Mathieu Amalric, un director de cine sumido en una profunda crisis personal y profesional que mantiene una relación con la dulce Sylvia, una astrofísica a quien da vida la gran Charlotte Gainsbourg. Pero pronto, como si fuese un fantasma, irrumpe en escena Carlotta, en la piel de Marion Cotillard, la mujer de Ismaël desaparecida, dada por muerta desde hace más de 20 años. En ese momento todo parece volverse inestable e Ismaël oscila entre el pasado y el presente. Entre Sylvia, que representa lo tangible y el ahora, la establidad; y Carlotta, la pasión inolvidable del pasado envuelta en un halo misterioso.

El filme, que fue la película de apertura del Festival Internacional de Cine de Cannes de este año, está enmarcado en el género de la tragicomedia y revela ciertos toques del cine de espías clásico. Está cargado de autoreferencias a la obra anterior de Desplechin y, a pesar de lo críptica que pueda resultar la cinta en ese sentido, el director derrocha libertad creativa durante toda la película. La abre en varias direcciones dándole diferentes significados a lo que narra; llevándonos de lo real a lo onírico sin casi darnos cuenta, sobreponiendo unas capas sobre otras al más puro estilo impresionista. Y aunque suene a maraña complicada, sólo por ver a Cotillard y a Gainsbourg compartiendo pantalla y entretejiéndose en la trama de la cinta, ya merece la pena ir al cine a ver lo último de Desplechin.

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